De la psicología al rap: por qué escribo lo que no siempre digo
Soy psicóloga. Pero también soy ASKA. Y aunque puedan parecer dos mundos completamente diferentes, nacen del mismo sitio.

Hay cosas que puedo explicar.
Y hay cosas que necesito escribir.
Durante años he trabajado escuchando historias, intentando comprender por qué hacemos lo que hacemos, cómo nos relacionamos, cómo nos defendemos cuando algo duele y cómo conseguimos seguir adelante después de determinadas experiencias.
Soy psicóloga.
Pero también soy ASKA.
Y aunque puedan parecer dos mundos completamente diferentes, cada vez tengo más claro que probablemente nacen del mismo sitio: mi obsesión por entender lo que ocurre debajo de lo que mostramos.
No empecé a escribir para convertirme en artista
No hubo un día en el que decidiera: “voy a hacer rap”.
Escribir apareció antes.
Siempre me ha resultado más fácil colocar determinadas cosas sobre un papel que explicarlas hablando. Cuando escribo puedo detenerme en una palabra, darle la vuelta, buscar una imagen o convertir algo incómodo en cuatro barras.
Y descubrí que el rap me permitía hacer precisamente eso.
No necesitaba suavizar lo que quería contar.
Podía enfadarme.
Podía ser contradictoria.
Podía señalar.
Podía hablar de cosas bastante feas sin tener que convertirlas en algo bonito para que fueran aceptables.
Eso me atrapó.
ASKA no es exactamente un personaje.
Pero tampoco soy exactamente yo.
Es una parte de mí amplificada.
Cuando escribo desde ASKA puedo ser más directa, más cruda y bastante menos diplomática. Algo especialmente curioso cuando una se ha pasado buena parte de su vida profesional aprendiendo a medir cuidadosamente las palabras.
En una canción no tengo esa obligación.
Puedo escribir sobre abandono, rabia, relaciones, contradicciones, sexo, adicciones, injusticia, culpa, supervivencia o sobre esa maravillosa capacidad humana para comportarnos fatal y después construir una explicación impecable de por qué estaba perfectamente justificado.
Y quizá por eso muchas letras terminan hablando de psicología aunque nunca utilice vocabulario psicológico.
No quiero hacer terapia convertida en canciones
Hay algo que intento evitar deliberadamente.
No quiero escribir canciones que parezcan una sesión de psicología con una base de boom bap debajo.
Para eso ya existen los libros.
Cuando escribo no pienso en diagnósticos ni en teorías. Pienso en imágenes.
Una puerta que alguien no cierra.
Ceniza dentro de unos bolsillos.
Un muro.
Una cantera.
Una máscara.
Me interesa mucho más representar una emoción que explicarla.
Porque una buena metáfora puede hacer algo curioso: permitir que dos personas con historias completamente diferentes se reconozcan dentro de la misma frase.
La psicología inevitablemente se cuela
Sin embargo, sería absurdo fingir que mi profesión no influye en cómo escribo.
Me interesa especialmente la contradicción.
Lo que alguien dice frente a lo que hace.
Las excusas que construimos.
Las relaciones de poder.
La culpa.
Los mecanismos que utilizamos para protegernos.
La facilidad con la que podemos ser víctimas en una historia y verdugos en otra.
Ese territorio gris aparece constantemente en mis letras.
Quizá porque después de años observando el comportamiento humano me cuesta creer demasiado en personajes completamente buenos o completamente malos.
Somos bastante más incómodos que eso.
Y también mucho más interesantes.
Primero necesito encontrar qué quiero decir
Mi proceso suele empezar con una idea pequeña.
A veces es una frase.
Otras veces es una situación que me enfada.
Una conversación.
Un recuerdo.
Algo que observo.
Incluso una contradicción que encuentro en mí misma.
Entonces empiezo a escribir.
Y ahí aparece una parte del proceso que ninguna Inteligencia Artificial puede hacer por mí: decidir qué merece convertirse en canción.
Después llegará la métrica.
Las rimas.
La estructura.
La melodía.
Los BPM.
La producción.
Mi voz digital.
La IA.
Todo eso construirá el tema.
Pero todavía no existe ninguna herramienta capaz de decirme qué necesito contar.
Quizá por eso existe ASKA
Durante mucho tiempo pensé que mi parte profesional y mi parte creativa pertenecían a lugares completamente separados.
Ahora no estoy tan segura.
Como psicóloga intento comprender historias.
Como ASKA intento convertirlas en palabras.
Una parte de mí escucha.
La otra escribe.
Y posiblemente las dos estén intentando hacer exactamente lo mismo:
entender un poco mejor por qué somos como somos.
No he creado una voz para ASKA. He creado una versión digital de la mía.
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